Prelude: Ortus Perpetuus Somnium.
Los finos pétalos del capullo comenzaron a separarse. Uno a uno se desperezaban y formaron una nueva y luminosa amalgama. El azul celeste con el cual eran vestidos, era de un notable contraste en comparación con el cenizo suelo en el que vívidamente reposaban. Las tiernas venillas de los pétalos se rompían con un sosiego y una calma sobrenatural empezando a teñir lenta y pasivamente el árido suelo de su suntuoso color de los cielos.
El sol le daba de lleno, y este, plácido, se amantaba de el; mamaba cada minúscula partícula luminosa que se cruzaba en su camino.
La gravedad redujo notablemente su ansiosa carga, eterna y sin descanso. El viento no calaba sobre las roídas rocas que seguían negándose a moverse un palmo de donde se encontraban y las lejanas triadas de Omertas alzaron la vista de sus tres ojos para obedecer al morbo que los impulsaba.
Una hermosa, femenina y delicada mano blanca, con sus uñas de un negro que fácilmente rivalizaba con las más preciadas gemas, emergió del capullo, aferrándose al intangible aire.
Los fantasmas, espíritus y apariciones, inclusive los loas, cesaron en sus quehaceres, se solidificaron por unos instantes y trataban de remover el sonido en busca de lo que pulsaba con nueva vitalidad.
Salió regia la segunda mano, y con la ayuda de ambas que ya se encontraban libres, la criatura del interior removió los últimos pétalos rebeldes, se impulsó y quedo al aire libre, revelando una bella mujer, desde la cabeza hasta el torso.
Poseía una piel blanca como la leche, tersa, de porcelana, hermosa. Pura e inmaculada, como un retoño, como lo que era. Su cuerpo desnudo estaba protegido por una larga y lacia melena negra, como sus uñas; cubría toda su espalda hasta la cintura, una pequeña y ceñida cintura. Sus delicados hombros eran de una reservada proporción áurea, justos para sostener con sensualidad un largo cuello. Sus pechos, redondos y menudos como toda ella, con sus respectivos botones, del mismo tono rosado que sus carnosos labios, dignos de cualquier madonna perfecta.
Su rostro no podía resultar menos que armonioso, con sus redondeadas y disonantes orejas sobresalientes de un costado de su cabellera profunda y negra. Su nariz, espigada y pequeña, totalmente simétrica, mientras que por encima de esta se abrían unos grandes ojos violeta, un violeta intenso que iluminaban el resto de su rostro y que poseían una mirada afable y al mismo tiempo misteriosa, adornados por largas pestañas y unas cejas escasamente pobladas, casi delineadas con un detalle minucioso. Los ojos se mantenían de pie sostenidos por unas sombras debajo de los párpados inferiores, luciendo exquisitas ante tal magnificencia.
La mujer enderezó su arqueada espalda y lanzó sus curiosos ojos al cielo, como un recién nacido que apenas descubre los nuevos colores inexistentes en su vida fetal, al fin y al cabo, acababa de nacer. Tomó una prolongada bocanada de aire que coloreó sus redondas mejillas y sus refinados pechos. Súbitamente, todo el cielo fue nocturno y las estrellas, atentas al llamado, se postraron sin demora en sus respectivas posiciones, y la Luna, gobernante sublime de la noche, daba indicaciones al denso mar desde el trono previamente ocupado por el astro rey.
— Y así será siempre — Dijo ella con una seductora y ala vez fantasmal voz.
Su níveo cuerpo resplandecía con un halo de pureza, iluminando el vacío espacio en el que se encontraba.
Se impulsó con las manos para salir totalmente del capullo. De su vientre blanquecino, en la frontera delimitada por ese fascinante hoyuelo que llamamos ombligo, crecía y se ramificaba un tórax arácnido, tan blanco como ella y la nieve, como ella y la porcelana. Con ayuda de sus seis patas logró salir de su ooteca; en cuanto la abandonó, esta se tornó sepia, imitando a sus familiares en temporada otoñal.
Una a una, sus patas se fueron extendiendo, reconociendo el suelo, reconociendo lo que podían y lo que no podían hacer.
— ¡Ofelia, Ofelia ha nacido!— Cantaban a múltiples voces.
— ¡Ofelia, por fin! — Decían otros emocionados.
— Si, yo soy Ofelia, aquella destinada a danzar eternamente sobre los noctívagos soñadores enfundada en este arácnido tutú —
Le regaló a la oscuridad un profundo suspiro y miró de nuevo al vasto infinito plagado de constelaciones que toda su eternidad contemplaría invariablemente.
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Esta es la primera parte de la historia que le da título a mi blog.